Vale. De acuerdo. Tal y como están las cosas parece -me lo parece a mí- lo más conveniente. En rigor, siempre me lo ha parecido. Una visión antropológica no muy optimista -diría que más bien conservadora- me lleva a pensar que lo público es vital; que el Estado es, bien gestionado, el mejor instrumento redistributivo del que nos hemos dotado. Una perspectiva republicana, en el sentido clásico, se añade a las susodichas prevenciones. En fin, habría otras cien razones. Y no es el caso.
El problema, en vísperas, es a cuál votar.
Me niego a avalar a una izquierda que apoye a dictaduras. Y Cuba, no tengo dudas al respecto, lo es.
Me niego a avalar a una izquierda que muestre la más mínima veleidad nacionalista. En el colmo del surrealismo, la hay que llega al extremo de compatibilizar en sus lemas soberanismo e internacionalismo. Algo así como la rueda cuadrada
Me niego a avalar a una izquierda que, habiendo podido intervenir siquiera con paliativos, tenga responsabilidades en el actual desastre social y económico, pedagógico y laboral.
Me niego a avalar a una izquierda que tenga como último argumento, frente a la derecha, el de una pretendida superioridad moral.
No es preciso que sea impoluta. No es eso. Aunque lo cierto es que se me agotaron las pinzas -para la nariz. Y ando como Diógenes. Si la encuentran les ruego me lo hagan saber.