Tengo 53 años. Estudié en la Facultad de Letras de la Autónoma de Barcelona en la segunda mitad de la década de 1970. Por mi edad no había sido escolarizado en catalán, ni nunca había asistido a clases para aprenderlo. Lo había hablado, de siempre, en casa. También con muchos de mis amigos. La mayoría.
Lo leía, evidentemente. Y mucho.
La práctica totalidad de las clases que me impartieron en Bellaterra fueron en catalán. Ahí, como autodidacta, empecé a escribirlo. Me iba corrigiendo. Yo mismo. No tiene mucho mérito. Así lo hicieron todos mis compañeros.
Cuando, tras unos años en la enseñanza secundaria, volví al departamento universitario del que había partido, ahora como docente e investigador, di mis clases en catalán. Primero en el Vallés, ahora en Gerona. Nunca se me ocurrió hacerlo de otra manera. Bien es cierto que cuando se me preguntaba -mucho más antes que ahora- contestaba en la lengua que usaba el estudiante.
No tengo el nivel C.
Mis alumnos han sido, sin excepción, escolarizados en catalán. Si el nivel C pasa a exigirse al profesorado, habrá que aplicar un criterio similar en los procesos de evaluación del aprendizaje, ¿no?
Ni les cuento la debacle que asoma por el horizonte.
Vamos a ver, antes de continuar dando la tabarra, ¿por qué no se preocupan nuestras autoridades académicas y, por supuesto, universitarias de cómo escriben y, en general, se expresan, en la lengua que quieran, nuestros estudiantes? Incluso no pocos de nuestros profesores.











