“La única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos es caminar dentro de ella”. La cita, de Alexandre de Humboldt, la traía a colación Clara Campoamor. Lo hacía el 1 de octubre de 1931 como diputada por Madrid del para nada izquierdista Partido Republicano Radical. Campoamor estaba interviniendo en el marco de los debates constituyentes de la Segunda República. La cuestión que había reclamado su atención no era, en absoluto, menor: se trataba de dilucidar si se procedía al reconocimiento del derecho femenino al sufragio, si se le concedían a la mujer los derechos políticos, que, junto a los sociales, le reportasen la plena ciudadanía.
En realidad, lo que la diputada intentaba era hacer ver, no sin dificultades, a sus colegas de hemiciclo, que la recién estrenada Segunda República era -haciendo uso de la retórica de los propios republicanos- la culminación del largo ciclo de luchas políticas vivido, en la España posterior a 1808, para la edificación de una nación que tendría su origen en el reconocimiento del derecho de ciudadanía. En el orden de los principios se podía evocar, para justificar sus reclamaciones, el arsenal teórico del liberalismo y la democracia europeas: de Johann Gottlieb Fitche a Victor Considérant. En el terreno práctico, las razones eran incontestables: sobre las mujeres recaía, en similares condiciones que en los varones, la legislación y la política impositiva del Estado. Además, tenían tras de sí una larga lista de acciones colectivas: habían sido sujetos activos de los combates por la libertad y la justicia social, habían alimentado el librepensamiento. Las protestas contra la guerra de Cuba o las demostraciones reclamando responsabilidades por el desastre marroquí del Annual, en las calles o el interior de los ateneos, habían tenido en la mujer una abanderada. Mucho antes, su participación en los motines y en la retaguardia durante las sucesivas guerras civiles libradas contra la reacción y el oscurantismo -sigo haciendo uso del registro republicano-, la avalaban.
Este segundo tipo de argumentos resultaba difícil de rebatir tanto para los que asumían como propio el legado histórico del federalismo o del radicalismo -véase el caso ejemplar de las mujeres blasquistas-, como para los nuevos moradores de la esperanza republicana: aquellos que en los años 1910 o bajo la Dictadura de Primo de Rivera percibieron, precisamente, la incapacidad de la Monarquía para crear ciudadanía y decidieron sumarse, en palabras de Niceto Alcalá-Zamora, al proyecto de una “República viable, gubernamental, conservadora, con el consiguiente desplazamiento hacia ella de las fuerzas gubernamentales de la mesocracia y de la intelectualidad española”. En ambos caudales -el popular e histórico, el patricio y reciente- el concepto de ciudadanía remite a derechos y deberes no ya concedidos sino ganados mediante la presencia activa en la vida pública, tanto a través de gestos individuales como gracias a la participación, más o menos consciente, en el amplio abanico de intervenciones de carácter grupal propias de la modernidad. Y, en ese terreno, a la altura de 1931, las mujeres no tenían que recibir lecciones de nadie, dado que llevaban mucho tiempo caminando -por recuperar la cita de Humboldt- por la senda de la libertad. No obstante, el republicanismo, ese ideal de progreso que se alimentaba de la supuesta incorporación al demos de, literalmente, todos los españoles, lo discutía. El republicano también desconfiaba de la mujer, y mucho. El temor a la influencia clerical, al conservadurismo y a la ignorancia del ángel del hogar… podían ser argumentos de época. Bien, asumamos que lo eran. En cualquier caso no dejaban de poner en evidencia al carácter no procedimental sino sustantivo -anticlerical y laicista, reformador, popular, de izquierdas- que los republicanos de casi todos los matices, salvo contadas excepciones, concedían a la democracia. Dicho de otro modo, sus débiles raíces liberales y sus inequívocas querencias populistas. Seguramente el talón de Aquiles de la experiencia abierta en 1931.
Los testimonios gráficos de la época no contienen, por todo ello, una presencia institucional mínima de la mujer. Cierto, el franquismo liquidó no pocos avances en materia de libertades políticas y sociales de la mujer. Pero, la verdad es que en República la mujer tampoco salía demasiado en la foto; por lo menos cuando ésta retrataba al poder. Para muestra, aunque sea borrosa, un botón.





6 comentarios
Mayo 7, 2008 a las 6:19 pm
Leer tu blog me recuerda las clases de historia cuando estudiaba periodismo en la UAB. Gracias por permitirme volver a aquellos maravillosos años.
Mayo 7, 2008 a las 9:26 pm
Es un placer, anónimo!!!
Un fuerte abrazo
adm
Mayo 12, 2008 a las 9:37 am
Muy certero en sus apreciaciones; y además, se agradece ese tono tan poco políticamente correcto.
El feminismo de la II República era de minorías muy minoritarias, tanto que apenas se podría definir como “ismo”: más bien fue la actitud de unas cuantas feministas que con su arrojo y poco apoyo (incluyendo a las recelosas izquierdas y a renombradas mujeres que tampoco lo veían claro eso de darle el voto a la mujer). El feminismo, como movimiento social, como idea compartida socialmente, no apareció -no se qué opina Ud.- hasta los años 60 y 70, y principalmente en las Universidades, que fue donde más se desprendió de su vinculación orgánica con los partidos políticos para hacerse verdaderamente independiente y feminista.
Un saludo y enhorabuena por el blog.
Mayo 12, 2008 a las 9:57 am
Muchas gracias, Aspasia!!!
Mi opinión al respecto está en permanente evolución!!! Pero, a grandes rasgos, coincidiría con lo que apunta: el combate de las mujeres por la plenitud de derechos sociales y políticos, en España, se desarrolla a contracorriente hasta muy tarde. Su presencia en la arena pública es el resultado de una apuesta, en la mayor parte de las ocasiones, estrictamente personal. Mis diferencias con algunas, por otro lado, brillantísimas historiadoras, radican en el hecho que me parece que es el débil fermento liberal de la sociedad española lo que opera como barrera en el camino de la plenitud. Las lógicas comunitarias de emancipación (socialistas, republicanas), de hecho, bloquean más que facilitan el camino. De ahí la importancia de los espacios libertarios y, paradójicamente, católicos… hasta los años sesenta y setenta, con la erosión incipiente del colectivismo más cerrado.
En fin, no es más que una opinión a vuela pluma!!! Vaya usted a saber.
Un saludo muy cordial
Ángel
Mayo 12, 2008 a las 10:08 am
Estamos de acuerdo.
El antiliberalismo (tan feroz en la izquierda como en la derecha), reniega del individuo para concebir la realidad en base a agentes colectivos. Eso negó a las mujeres (entendidas como individuos -aunque lo políticamente correcto sería decir individuas, ummm?, o mejor, como sujetos)- su concepción particular, con sus derechos individuales. Las tradiciones antiliberales acaban por negar al sujeto para garantizar un proyecto salvador que siempre habla en términos de colectividad. Esta dimensión ahogó muchas veces las luchas por derechos considerados “burgueses” o “disgregadores” de los valores eternos. Y eso -¡ojo!- sin que el neoliberalismo tenga mayor preocupación por la defensa de los derechos de las mujeres (léase, si no, las opiniones del Círculo de Empresarios de Madrid y otras de la misma naturaleza). Creo, señor, que si andamos por los medios caminos encontraremos espacios más interesantes de análisis y reflexión.
Un placer virtual
Mayo 12, 2008 a las 10:26 am
Lo mismo le digo!