La nación y los particularismos. Acerca de un escrito de don José Ortega y Gasset

2008 Mayo 14


Hace unos pocos días el periódico digital que tiene a bien dar cabida a mis, a menudo, descabelladas opiniones publicaba como primicia un texto inédito de José Ortega y Gasset. Se trata de un artículo en el que el filósofo revisa los proyectos regionalizadores que en su momento pensó, pero no pudo llevar a cabo, el dirigente conservador Antonio Maura. El escrito, que el profesor Javier Zamora Bonilla data hacia 1926, no pudo salir a la luz, probablemente, por problemas con la censura bajo la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Lo que llama la atención, de buenas a primeras, es la honradez y la inteligencia del pensador. No tiene empacho alguno en reconocer, sin falsa modestia, que se ha sido injusto -que él ha sido injusto- con Maura. No le es problemático ponerse manos a la obra y rectificar. La de la rectificación será una constante en la obra y, en especial, en la presencia pública de Ortega. El filósofo entiende que el requerimiento de rectificación -para él mismo en ese momento, para esa gran apuesta fallida que fue la República en el verano de 1931- no es un rasgo de debilidad en las convicciones ni el resultado de una frívola volubilidad, sino el corolario inevitable de la propia exigencia intelectual y política de quien la propiciaba. Esa misma lógica de la imprescindible rectificación, apoyada en el optimismo de la coyuntura primaveral –la de las estaciones y la de las primaveras históricas a las que en ocasiones tienen derecho las naciones y los pueblos- hicieron que Ortega, ese año de 1926 en el que tan elegantemente conducía su automóvil, pusiese negro sobre blanco sus puntos de vista sobre la conveniente regionalización de España.

Pero ahora es primavera, domina el imperio de lo azul y el viento entre fragancias trae promesas de salud. ¿Por qué no intentar de nuevo la empresa que una vez falló? La idea de una organización regional de España es, a mi juicio, más honda y más fértil de lo que suelen creer lo mismo sus enemigos que sus partidarios. Yo insisto todavía en advertir que todavía no se la ha mirado cara a cara. Hasta hora sus epifanías han servido más bien para desvirtuarla. Alguna región ibérica la ha proclamado con un gesto particularista, siendo así que el regionalismo, más que ninguna otra idea, postula una integración nacional sobre la cual, como sobre un fondo, dibujan las regiones su perfil diferente. Comparada con él la misma idea centralista contiene un grave resto de particularismo que suele ser el del centro contra la periferia territorial o, cuando menos, el particularismo del todo abstracto. Nación contra sus partes concretas.

Qué lejos está este párrafo de cualquier querencia jacobina. Por el contrario, qué cerca se halla de las manifestaciones más genuinas de lo que fue -o debiera haber sido- el liberalismo español. Su propuesta, queda claro, no por atenta a la complejidad, es menos española, menos patriótica. En realidad lo es más, mucho más, tanto más como el propio párrafo final de la nota orteguiana tiene a bien indicar.

Adviértase que decir, sin más, todo, es correr el riesgo de olvidar la muchedumbre y variedad que lo integra, como al decir galanamente el mundo no solemos tener en la mente las cosas todas grandes y pequeñas que lo componen. Cuántas veces la noble urgencia de gritar “¡España!” nos llevó a vaciar el vocablo de su riqueza interior y a no tener en la mente al pronunciarlo otra cosa que la fachada del Ministerio de la Gobernación.

Estas y otras reflexiones acertadísimas se recogerán en el volumen octavo de la nueva edición de las Obras completas del filósofo que están llevando a cabo la Fundación José Ortega y Gasset y la editorial Taurus. Mientras tanto, si quieren disponer de él, se encuentra en El Imparcial. Léanlo. En tiempos de tensiones centrífugas desbocadas y de querencias uniformizadoras, de flujos y reflujos que desorientan y agreden a las sentimentalidades y las razones de los vecinos del inmueble que compartimos -¡de España, vaya!-, no está de más recurrir al magisterio de los clásicos, a las razones de siempre. El tiempo no pasa en vano. El presente no puede reeditar, en los mismos términos, lo que ya es historia. Pero siempre se puede confiar que vuelva la primavera. No la estacional, sino la otra.

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