La revista Engega, que edita la Universitat de Girona, ha decidido que tenía un cierto interés el artículo que publiqué, sobre mayo de 1968, en El Imparcial. En realidad, el beneficiado he sido yo porque el texto ha ganado con una de aquellas traducciones que mejoran el original, y con una ilustración de primera. Mi gratitud a quienes hayan sido los responsables. Si tienen valor, que revelen aquí mismo su identidad.
Cuelgo aquí la versión catalana.
Otros análisis, que inciden en el 68 como una acontecimiento clave para la transformación cultural, antes que política, del mundo occidental en la segunda mitad del siglo XX, se recogen en el blog de Anaclet Pons.
Existen diversos elementos que aparecen, recurrentemente, en la mayoría de las aproximaciones que se proponen a dicho episodio. No sabría exactamente cómo formularlo. Tienen que ver con la superposición de, como mínimo, dos niveles. Por un lado está el de la experiencia generacional. En el 68 estuvo todo el mundo, sin estarlo. En la memoria de los que entonces, o justo un poco más adelante, fueron jóvenes se nos aparece como un acontecimiento fundacional. También tuvo esa connotación para los que entraban en la madurez -no pocos intelectuales o, simplemente, profesores-, y se rejuvenecieron con los aires primaverales. Este dato quizás vendría a dar la razón a quienes, como Pedro Ruiz Torres, han hecho ver que la memoria se transmite de padres a hijos -en relación a la guerra civil española- y quizás también de los primogénitos a los hermanos menores, o a las amistades de éstos. Que es social, vaya. Si los que no vivieron la guerra civil pueden haberla convertido en una pieza más del complejo rompecabezas de su memoria, ¿por qué no podríamos hacer lo mismo con el 68 los que entonces vestíamos, todavía, pantalones cortos?
Por otro lado -e, insisto, totalmente imbricado con el argumento anterior- estaría el de la función de aquellas jornadas, semanas, meses…. del 68 como plaque tournante. Aparentemente se sostiene que entramos, como sociedad, marchando en una dirección y salimos de él en otra; si no opuesta, sí diversa. Más allá de la política oficial, e insinuando posteriores distanciamientos para con la misma, se habría cambiado bruscamente el sentido de la historia. Los valores, las modalidades de acción colectiva, las agendas, las expectativas asociadas al 68… tendrían, más allá de sus concreciones coyunturales, una enorme capacidad proyectiva. Al mismo tiempo que hacían evidente la obsolescencia de viejas utopías. No es en absoluto anecdótico que Hobsbawm ponga el énfasis, por ejemplo, en las modificaciones radicales en la condición social y cultural de las mujeres. Plaque tournante, en definitiva, entre padres e hijos, en la relación entre sexos o de los humanos con el medio ambiente, en las complejas y muy variadas relaciones de poder. Éste, lógicamente, se recompuso sin mayores dificultades. Aunque el espejo resultante nos ofrezca otra imagen de nosotros mismos. Los que estuvimos y los que no estuvimos.
¿Historias de viejos? Quizás. Lo revela una gran dosis de cansancio en el ritmo del relato.

1 respuesta hasta el momento ↓
Perderle el respeto a la vida « El tinglado de Santa Eufemia // Julio 5, 2008 a 10:38 pm |
[...] de escribir en este blog me parece más que razonable como hipótesis de trabajo la idea de transmisión familiar de la memoria. La cuestión entonces es y ¿por qué no los hijos y los nietos de Coventry? ¿O los de Londres? [...]