La República… es profecía
He aquí otro retrato republicano. Vayamos un poco más atrás en el tiempo. Sólo un poco. A mediados del siglo XIX la agitación de las mentes y los corazones era, simultáneamente, la función de profetas y de maestros. En suma, de republicanos. Es decir, a su modo, de clérigos.
En nuestro país, los demócratas avanzados, federales y socialistas, se vieron a ellos mismos como sujetos inmersos en una era de grandes transformaciones, de crisis y de transiciones. La humanidad navegaba “a ciegas y sin brújula en el piélago tortuoso de la historia”. Se imaginaron protagonizando un tiempo en el que un mundo de ideas y de hechos expiraba, “con todos los dolores, con todas las angustias, con todas las fluctuaciones y alternativas de una lenta agonía”; que les había tocado vivir en la era de ascenso, lento y no menos doloroso, de un mundo alternativo. Entre la agonía de lo viejo y el parto de lo novedoso cabalgaba “un mundo de ciencia y de ignorancia, de fe ciega y de profunda convicción; es toda una nueva edad, antítesis de la que, muriendo, le abre el paso a la vida; es, en fin, un nuevo templo que levanta en sus hombros titánicos la Humanidad, decrépita ayer, y que rejuvenece hoy bajo la benéfica influencia del nuevo sol que brilla en los horizontes del porvenir, y que se levanta radiante y majestuoso, esparciendo mayor claridad a medida que el hombre abandona sus babeles infectas, receptáculos de vicios, donde la vida excitada se apaga con rapidez, según va abandonando sus desaciertos estériles; donde el hombre, embrutecido por el aislamiento, degenera, se enerva y se asemeja a las bestias”. Como pueden ver, se anticiparon tanto a Antonio Gramsci como a Esperanza Aguirre: la crisis como defunción no culminada, como parto inconcluso.
El espectáculo no podía ser más animado. Y ellos, los republicanos, aspiraban a dejar de ser meros figurantes, cuando no espectadores, para pasar a dirigir la función. Eran ellos los que tenían que disipar los temores de la gente, consolarla en sus angustias. El federal Fernando Garrido (1821-1883), quien como diputado pondría su manifiesto una cierta obsesión con sacerdotes, monjas y frailes, sabía las palabras exactas que se debían dirigir a las multitudes expectantes. Las mismas que el profeta ante el pueblo elegido: “Levanta, despierta, abre tu corazón a la esperanza, a la alegría, a la felicidad: marcha, mira las nubes de púrpura y zafiro del horizonte; mira las lontananzas del porvenir doradas por los rayos del astro benéfico del nuevo día; no te detengas, atraviesa esta tierra de Egipto, y no temas a los soldados de Faraón; que el mar Rojo, embravecido, sepultará en sus profundos abismos señor y vasallo, caballo y caballero… .- No temáis los caminos oscuros y desconocidos del desierto; no temáis las fatigas de la marcha; uníos, amaos, esperad; andad, y Moisés hará brotar de nuevo agua refrigerante de la dura peña, y los peces volverán a multiplicarse bajo la mano de Dios.- Despierta, levanta, camina, joven Humanidad; marcha, y no vuelvas la cara atrás, porque creerás ver siempre detrás de ti, como fatídicos fantasmas, las torres malditas de Sodoma con sus horcas, sus grillos y potros sangrientos, y con ellos los espectros de sus hijos malditos, viciosos, gastados, decrépitos y perdidos desde los vientres de sus madres. Verdugos, víctimas, pobres, ricos, patricios y siervos; ciegos todos, y empujándose, y chocando los unos con los otros en una algarabía infernal.- Tápate los oídos, joven Humanidad, y corre a saludar al nuevo sol que sale para todos. Tápate los oídos, porque helará la sangre en tus venas y destrozará tu alma el satánico concierto de los soldados de Faraón, que blasfemando cayeron sepultados bajo las ondas del mar proceloso; la confusa algarabía de los sofistas y doctores, que disputan y ergotean como energúmenos; el desenfreno y las voces impúdicas de las saturnales, de los fariseos y patricios de la ciudad maldita, y los ayes lastimeros del pobre, montón de harapos, máquina doliente y viviente, que aúlla en los pórticos de los templos, profanados por los mercaderes, y en los umbrales de los palacios, que mina y socava la corrupción.- Confiad, marchad y tapaos los oídos, y no volváis la cara atrás; con el corazón y la esperanza puestos en el cielo, y con la vista fija en el suelo que pisáis, id a saludar el nuevo sol que sale para todos”.
La competencia era feroz. Los republicanos tomaron sobre sí el papel de profetas que guiarían al pueblo español, y al conjunto de la humanidad, hacia un mundo del que desaparecerían el dolor y el egoísmo, las guerras y la ignorancia; le llevarían a un día y a un horizonte inédito, al reinado de la justicia. La escatología republicana hundía, sin tapujos, sus raíces en la tradición judeocristiana. El final prometido remite a la parusía, el orden social anunciado no es otra cosa que el reinado de la justicia, “prometida a los hombres por todos los reveladores, soñada por los poetas y entrevista por los sabios”. Para poner de manifiesto esa continuidad, los republicanos de mediados de siglo XIX harán un uso reiterado de fórmulas religiosas. La trilogía Libertad, Igualdad, Fraternidad, se presenta como una “misteriosa trinidad” que preside un “Credo”. Ese credo parte del principio de la soberanía individual y se desglosa en un “Decálogo”:
“DERECHO DE LIBRE EXAMEN Y DE LIBERTAD DE ACCIÓN. / Libertad de cultos, de enseñanza, de imprenta, de reunión, de asociación, de industria y de tráfico. / INTERVENCIÓN DIRECTA EN LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA. / Sufragio universal, sanción de las leyes por el Pueblo. / SER JUZGADO POR SUS IGUALES. / Institución del Jurado; derecho de libre defensa. /DERECHO A LA CONSERVACIÓN DE LA VIDA. / Derecho a la asistencia, a la instrucción, al trabajo y a la propiedad. / La Democracia cree y espera que la aplicación de estos principios, y el establecimiento de las instituciones que son su consecuencia, producirán / LA PAZ PERPETUA”.
Qué leve ha sido en España la frontera que separa (?) la fe política de la creencia religiosa. La cuestión es que, en nuestros días, la reaparición de los horizontes republicanos parece darse, de nuevo, como quiliasmo. Por no mencionar un laicismo escasamente laico y una Iglesia con querencias integristas.
Ref.: El texto profético en Fernando GARRIDO, “La redención social”, en Anuario Republicano Federal, 134-138. El decálogo, del mismo autor, en La República democrática federal universal, nociones elementales de los principios democráticos, dedicadas a las clases productoras, precedida de un prólogo de Emilio Castelar (1855), Madrid, Iniesta, 1881, 17ª ed., capítulo IV, 113- 114.

