El catalán ¿a qué tanto desasosiego?
Parece que el catalán, como idioma, presenta síntomas de fatiga. Los titulares del AVUI, hoy, eran contundentes. “Castellà i anglès abans que català per trobar feina”. Los jóvenes de, más o menos, quince años ven al catalán más como un problema para su futuro que como un factor de enriquecimiento en lo personal. Se apunta, además, que lo perciben como un elemento que les puede complicar la actividad laboral en el futuro. En las páginas interiores del periódico se incluye una encuesta que, como todas, puede ser susceptible de diversas lecturas. Sorprende, no obstante, el abrumador dominio del castellano en ámbitos como el de la televisión o Internet. Son terrenos en los que la oferta se registra, de manera relativamente equilibrada, en ambos idiomas. Podría decirse que Internet y el mundo de los juegos para adolescente está dejado de la mano de Dios -del Mercado, digo. No es exacto del todo, a pesar de que un columnista del mismo periódico cierre reclamando algo así como que se pueda jugar a Gears of War o a Halo-3 en catalán. Si algún ámbito tiene la textura líquida que Bauman apunta para las nuevas realidades ese es el del ciberespacio. Los consumidores son/somos en buena medida productores. Si generamos/consumimos en castellano, cuando no directamente en inglés, por algo será.
Las cuentas no salen. En el cine puede aducirse que la inexistencia de doblaje al catalán merma las posibilidades de elección. Que los productores limitan la capacidad de los consumidores. Aunque no queda nada claro que exista una presión social para que las estrategias de las majors en materia de doblajesean revisadas. La radio es el único terreno que resiste. En la radio, el catalán supera en nueve puntos al castellano. Pero, ¿hasta qué punto ello no es así debido al éxito de las radio-fórmula musicales? En tal caso, probablemente no se trate tanto de una opción idiomática como utilitaria: se apuntan a la cadena que ofrezca más música, o mejor.
La revuelta. También traía la prensa de hoy que una universidad, la Autònoma de Barcelona, se ha revelado contra la directiva de la Generalitat que establece la exigencia de poseer el certificado del nivel C de catalán para los profesores que vayan a ser contratados por los centros académicos superiores. En EL MUNDO un catedrático de Ciencia Política de la UAB, Joaquín Molins, toca a arrebato: “Los mediocres de la universidad catalana quieren restringir la competencia”. ¿Serán los primeros calores estivales? ¿Será la recurrente aparición de disconformes que en poco tiempo vuelven al silencio del que salieron? ¿Será que, por el contrario, el cansancio frente a tanto intervencionismo hace que se alcen voces discrepantes allí donde antes reinaba el asentimiento o la conformidad?
El necesario contrapunto: en otras partes de España, en las que no opera el idioma como mecanismo de protección para la promoción corporativa del funcionariado/profesorado, se inventan otros. En este terreno el conseller del Departament d’Innovació, Universitat i Empresa, Josep Huguet, no está solo. Las taifas aunque se rijan por otros parámetros, siguen siendo taifas. ¿Quién liquidó las complicidades y connivencias? ¿Quién empezó la historia de imposiciones sin cuento? No lo sé, ni creo que importe a estas alturas. Lo conveniente sería que se acabase, de una vez y por todas.
A la vista de lo que hay el desasosiego puede explicarse, aunque no se comparta: después de tres décadas de inmersión linguística, TV3 e innumerables iniciativas de fomento, protección, amparo… una parte numerosa de la juventud catalana muestra un ostensible desapego para con la lengua sobre la que se ha definido la comunidad política en democracia, la propia. ¿No hubiese resultado más atractiva una lengua dejada al albur de la libre iniciativa, abierta al despliegue autónomo de sus potencialidades fueran ésas las que fuesen? Es sólo una pregunta.

Centrándome en tu última pregunta y tal como nos la planteas, en el sentido de si hubiera sido más “atractivo” aplicar otro sistema, o simplemente dejar de aplicar el que se viene aplicando, mi respuesta es definitivamente “si”. Pero entiendo que aquí no se trata de que la historia, o las matemáticas, o incluso, ya puestos, la lengua catalana, se deban dejar “al albur de la libre iniciativa”, como tu sugieres, con el objetivo de que resulten más atractivas. Atractivas si que lo serian, pero crees sinceramente que dejándolo “al albur de la libre iniciativa” alguien hubiera estudiado historia, matemáticas o catalán? Me atrevería a vaticinar que si en 1980 se hubiera optado por dejar todo esto “al albur de la libre iniciativa”, hoy en día la historia, las matemáticas y el catalán resultarían mucho más atractivas, pero nadie sabría historia, matemáticas ni catalán.
¿Nadie? Vamos a ver, la cuestión es que, enemigos acérrimos al margen -que los hay, y muchos-, de todo lo que sea catalán, hace un cuarto de siglo había un interés por la lengua que procedía de algo más que la simple empatía con lo/el débil. Hoy, tres décadas más tarde, admitamos que hay más gente que sabe catalán. ¿Lo sabe mejor? ¿Aparece, como debería aparecer para asegurarse un futuro en el mundo globalizado, como un imput positivo al que no se quiere renunciar?
Me parece que lo de las matemáticas es distinto -el paralelismo sería más acertado con la historia, en todo caso.
En el fondo lo que planteo es, una vez asegurados los derechos de todo el mundo ¿no hubiese sido mejor, siendo el punto de partida el de una lengua minorizada, optar por la atracción de una cultura con ambición de excelencia antes que por la estrategia antipática del funcionario/comisario?
Bon dia, Àngel. Amb tota la cortesia t’haig de dir que discrepo del teu plantejament.
1/ Donde dije “nadie” léase “casi nadie”. Sorry.
2/ Hablas de que “una vez asegurados los derechos de todo el mundo…” tal y cual. A mi modo de ver, los derechos de todo el mundo no están, ni mucho menos, asegurados. Los únicos que están asegurados por la vía de los hechos (ya lo estaban durante el franquismo) son los de los castellanoparlantes. Los míos, concretamente, solo estarán asegurados cuando me pueda dirigir a un juez, un guardia civil, un funcionario de la seguridad social, o de hacienda, o a un empleado de aena, etc. y pueda hacerlo en mi idioma sin problemas. Y luego mi interlocutor, si quiere o si no es capaz de hablar en catalán, que responda en el suyo. No voy a valorar ahora la “sensibilidad lingüística de quien lleva años aquí y todavía no es capaz de hablar en catalán. Este sería otro debate.
3/ Salvando todas las excepciones, que haberlas haylas, aquí de bilingüistas auténticos solo lo somos los catalanoparlantes. Luego tenemos los “bilingüistas monolingües”, defensores a ultranza del bilingüismo para los demás pero no para ellos. Son aquellos que tienen la teoría de que quien debe cambiar de idioma y pasarse al suyo es siempre el catalanoparlante. Así funcionaba ya en el franquismo y así sigue funcionando ahora en demasiados ámbitos de la sociedad.
4/ La rechazable “estrategia antipática del funcionario/comisario” te la encuentras, lamentablemente, por ambas partes. Se nota que no frecuentas juzgados y demás organismos estatales de Barcelona. Quizás en Girona la cosa es diferente.
Molt bon dia. No creguis que discrepem tant!
O sea, que lo que hay que hacer, cuando se está en Cataluña es hablar, escribir, leer en catalán cada vez que te apetezca… y punto. Efectivamente, si te atiende un funcionario público lo lógico es que tú te expreses en el idioma que prefieras, o que sea el tuyo. Convendrás conmigo que, cuando una señora de Sevilla, que está de paso, te pregunte por la dirección de una calle, le contestarás en castellano, si no a la primera, a la segunda… al darte cuenta del interlocutor que tienes delante. Esto lo harás tú -i ho faré jo- pero también te encuentras gente rara en ambas direcciones.
La actitud del castellano monolingüe, y sobrado, es impertinente. Pero olvidémonos de que sea franquista, porque ni tiene, ni de lejos, porque serlo.
En fin, el meollo de mi ‘argumento’ es que no puedes forzar la situación porque generas anticuerpos potentísimos, porque la sociedad es muy, pero que muy autónoma, y cada vez lo es más. Que si queremos que el catalán como lengua de cultura y vehículo de comunicación social tenga futuro la hemos de presentar como un mecanismo que facilita la movilidad social ascendente. Y que si en nuestros derechos nos viésemos afectados por una ‘autoridad’ estúpida… existe la justicia ordinaria (aunque éste, me temo, sea otra cuestión complicada!!!)
Només per aclarir-te que amb l’exemple que poses de la senyora de Sevilla que està de pas jo tinc clar que li contestaré, a la primera, en el seu idioma. De la mateixa manera que ho faré en francès si la senyora que està de pas és de Lyon, o en anglès si és de Manchester. O que intentaré fer-ho en portuguès si és de Porto Alegre, o en italià si és de Ravenna, tot i que els meus coneixements d’aquests dos idiomes són més que limitats. Però convindràs amb mi que aquest no era el tema que hi havia sobre la taula.
Aclarir també que quan parlava del franquisme em referia a una època recent de la nostra història i no a una ideologia política tan respectable com qualsevol altre.
I finalment dir-te que si féssim un balanç segurament arribaríem a la conclusió que al cap del dia jo he llegit i escrit més en anglès que en qualsevol altre idioma dels que em penso que, més o menys, domino.
Nota: de comissaris lingüistes en trobaràs de tots els colors polítics.
(Ahora me doy cuenta de que he escrito en catalàn, y de que me da una pereza enorme autotraducirme. Mis disculpas a los lectores castellanohablantes de este blog)
Res de disculpes. Tampoc és tan complicat! Mira, si no signo el manifest que avui s’anuncia a la premsa, el d’ homes de lletres,com es diria abans, és perquè quan parlen de drets individuals, personals i intransferibles només es refereixen a uns… els dels castellanoparlants. Que, per a mi, són tan legítims com els altres. I sé que tos dos, els dels catalanoparlants i el dels castellanoparlants són objecte de befa per part de les administracions, o dels administradors… Aquí, al meu entendre, rau el problema. La cosa s’ha complicat, m’ho hauràs d’admetre, amb les mediocritats que hi ha, per exemple, al capdavant d’Universitats, des que tenim el tripartit. Tu creus que en Mas-Colell hagués organitzat cap pollastre lingüístic? Oi que no? Oi que, en tot cas, hagués exigit que el professorat nou sapigués, per exemple, anglès per establir contactes amb altres espais universitaris?
Doncs això, llibertat, respecte a la complexitat, exigència, competència…. No em sembla que el català en aquest cas perilli. Crec que, en canvi, s’ofegarà amb tant de proteccionisme -i, a més, fingit o escassament operatiu.
Una abraçada i, per avui, et deixo…. que haig d’anar a l’arxiu!!!
Lengua propia
Los estatutos de autonomía suelen establecer algo así como una lengua propia.
Siempre he sido contrario al concepto de lengua propia: sea ésta el castellano o el valenciano. Pese a lo que digan los estatutos, en el País Valenciano y en la Universidad de Valencia hay dos lenguas: no dos lenguas oficiales, sino dos lenguas de empleo común cuyos usuarios utilizan sin mayor conflicto. ¿Cuál es la propia? Para un bilingüe, ¿cuál es la propia? Alguna vez ya lo he dicho: En Cataluña y en el País Valenciano, hay numerosos individuos que hablan catalán. Permítanme poner un ejemplo cercano, el de mis hijos, a quienes los he escolarizado en esa lengua. ¿Por qué razón? En primer lugar, por ser el valenciano su idioma materno, por ser estricta y literalmente el idioma de su madre. Es bueno que aprendan y que se socialicen en la lengua que les es cotidiana. La razón por la que profeso esa opción educativa no es la de reforzar la identidad colectiva ni los sentimientos de pertenencia histórica. El motivo es estrictamente particular: la satisfacción de un derecho individual, como es el de poder emplear uno de los idiomas en uso, que, además, da la coincidencia de ser materno. Pero ese dato, ese rasgo, sólo es uno más de los numerosos atributos con que se revisten mis hijos, con que crecen, con que se desarrollan y con que, finalmente, me desmienten y me sobrepasan. El castellano, que es mi lengua de uso corriente, lo es también para ellos. Con ese idioma aprenden a compartir un universo de discurso, el de su padre (y también el de su madre bilingüe), y el de millones de personas -la mayoría, de nacionalidad no española- que han crecido y vivido con esas voces y con esa expresión.
¿Cuál es la lengua propia? Recuerdo un libro espléndido –me lo pareció cuando lo leí– de Albert Branchadell titulado ‘Liberalisme i normalització lingüística’ (1997). Defendía el uso del catalán desde el liberalismo: no para formar la nación, tampoco por los derechos que tendrían supuestamente los idiomas, sino para hacer efectivos los derechos de los hablantes, que no son sin más individuos, sino individuos con una comunidad lingüística. Luego, Branchadell ha publicado otros estudios muy interesantes que irritan sobremanera a los independentistas. Por cierto, Branchadell ha tenido polémicas habituales con Fernando Savater en ‘El País’.
El fair play no ha sido lo habitual ni en las actitudes de los intelectuales, ni en las iniciativas institucionales. Afortunadamente la ciudadanía ha respondido, por el momento, con mucha menos agresividad y con más naturalidad.
La verdad es que me está empezando a resultar una cuestión muy agobiante… y, como señalo mañana, creo, en El Imparcial, profesionalmente frustrante. Esa es otra.
En torno a la polémica sobre la lengua opino como los firmantes del manifiesto: los territorios no tienen lengua, la tienen los que los habitan, que por una cuestión de pragmatismo tienden a hablar en su lengua siempre que les es posible y allá por donde vayan o estén si el interlocutor los entiende. Así un catalanohablante que se encuentre con otro en Sevilla, por poner un ejemplo, no va a cambiar su lengua, aunque el estatuto de Andalucía no reconozca la oficialidad de este idioma. Otro ejemplo puede ser el caso de Singapur, país independiente situado en la punta de la península malaya, pero habitada mayoritariamente por ciudadanos de origen chino; éstos hablan en las diferentes variedades de su idioma original y han relegado al malayo originario del territorio a un uso entre la minoría malaya que sigue residiendo en dicho territorio. Por otro lado el inglés es el idioma que sirve para relacionar a las diferentes etnias que allí coexisten/conviven.
Hoy en día, por un largo cúmulo de circunstancias, entre las cuales ahora ya no está la imposición política, el castellano es la lengua franca para miles, millones de personas que habitamos los territorios donde la lengua “propia” es otra (por cierto se ha abandonado intencionadamente el uso del término “lengua materna” al referirse a la autóctona, evidentemente porque la materna para más de un 60% de ciudadanos catalanes es curiosamente el castellano y no el catalán). Ante la nueva realidad social algunos siguen viendo fantasmas del pasado y no acaban de asimilar que esta realidad social es muy diferente a la de 1936, 1714 o 1640, por poner unas fechas en las que muchos narciso-nacionalistas tienden a anquilosarse. Ya sé que estos comentarios pueden herir diversas sensibilidades, pero que conste que los hago sin acritud, como diría un famoso político sevillano y OLÉ!!!
El debate intelectual puede dar mucho de si pero el debate político es mucho más sencillo. El parlamento elegido por los ciudadanos és el organismo que en un sistema democrático elabora las leyes. El sistema educativo vigente en Catalunya desde hace casi treinta años, mal llamado de “inmersión linguística”, fue en su día aprobado democráticamente por la mayoría absoluta de nuestro parlamento, pequeño detalle que a veces hay cierta tendencia a dejar de lado. La curiosa iniciativa legislativa que nos propone ahora cierto partido político, actualmente extraparlamentario en Catalunya, podrá llevarse a la práctica tan pronto como pasen de los actuales 0 diputados a la mayoría requerida de 68 diputados. Por más firmas, manifestaciones callejeras y manifiestos de “intelectuales” que vayan apareciendo, hay que recordar que en democracia lo que cuenta es el voto.