El tinglado de Santa Eufemia

Perder el respeto a la vida

Julio 5, 2008 · Dejar un comentario

Leyendo el libro de Ian Patterson, Guernica y la Guerra Total (Turner, col. Armas y Letras, 2008), me encuentro con los fragmentos de un editorial de la revista trimestral Life and Letters Today correspondiente a 1937. El efecto es demoledor. La revista comenta, en paralelo, la presencia multitudinaria de niños británicos en los actos de coronación de Jorge VI y la llegada no menos multitudinaria de niños vascos refugiados, hasta cuatro mil, muchos de ellos tras el bombardeo de Guernica. La presencia infantil en los fastos de la corona imperial aseguraría la supervivencia de ésta. La fascinación de la jornada sería contada, años por venir, a los hijos y a los nietos de los tiernos espectadores de ese día glorioso. La cadena de fidelidades para con la monarquía se mantendría, de esta manera, hasta el final de los tiempos. El caso vasco, afirmaba acongojado el editorialista británico, era distinto, aunque el mecanismo fuese similar: “Estos niños vascos también son una generación que pasará sus impresiones a la siguiente: hablarán de los escombros, no de la decoración, de bombas aéreas en vez de ‘peniques cayendo del cielo’ y de reflectores y de bombardeos, no de alumbrado. Estos niños vascos han recibido la guerra de sus mayores. Han tomado parte, contra su voluntad, en la peor de las hazañas del hombre: no sólo destruir la vida, sino perderle el respeto”.

Todo parece encajar. Perderle el respeto a la vida. Ya tenemos una explicación.

Bien. Como ya tuve ocasión de escribir en este blog me parece más que razonable como hipótesis de trabajo la idea de transmisión familiar de la memoria. La cuestión entonces es y ¿por qué no los hijos y los nietos de Coventry? ¿O los de Londres? O, para que no se hable de niños vencedores, ¿por qué no los de Hamburgo o los de Dresde? En fin, el cuestionario podría activarse en relación a otros escenarios, desde Oriente Medio al Japón, de los Balcanes al continente africano. Quizás entonces, hechas las cuentas, resultaría que la pérdida de respeto a la vida tiene más que ver con la gestión de la memoria, que con la memoria propiamente dicha. No con el bombardeo en sí mismo, y sus efectos sobre las gentes y los paisajes, sino sobre las explicaciones que de él se dan. Es decir, con una elección. La que hicieron esos niños cuando pasaron a ejercer como padres y como abuelos.

Una de las imágenes al parecer más comentadas en los reportajes posteriores al bombardeo fue la de las ovejas liquidadas por al aviación alemana y esparcidas por los prados de los alrededores. Era pura redundancia. Quizás alguien, en ese momento, decidió convertirse en lobo. Y ahí sigue.

Categorías: España · Pasado y presente
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