En octubre de 1924, desde las páginas de la Revista de Occidente, José Ortega y Gasset llamaba a acercarse cada vez más a la filosofía. Lo hacía porqué él mismo, sintiéndose llamado a esta empresa, había tenido que disimularla -o atenuarla de cara a los lectores- dado el ambiente cultural español. “Hasta ahora -escribía- fue conveniente que los escritores españoles cultivadores de esta ciencia procurasen ocultar la musculatura dialéctica de sus pensamientos filosóficos tejiendo sobre ella una película con color
de la carne. Era menester seducir hacia los problemas filosóficos con medios líricos.” Dicho de otra manera, Ortega estaba reconociendo que había tenido que resignarse a la condición primera, a la de escritor tout court, para poder hacerse entender; a pesar de que su empeño último era más complejo. A lo que él aspiraba era a poner la escritura al servicio de la razón filosófica.
La estrategia, creía Ortega, había dado sus frutos y, a la altura de ese año, era posible dar el salto, era pensable “comenzar a hablar de filosofía filosóficamente”. Con prudencia, eso sí. “Una larga experiencia de cátedra, tribuna e imprenta me ha proporcionado una opinión bastante desfavorable sobre la capacidad filosófica de nuestros pueblos en la época presente”. Para que pueda vivir, la filosofía -y aquí podría sustituirse por la historia o cualquier otra de las ciencias sociales y humanas- precisa de “vivir respirando un aire que se llama rigor mental, precisión, abstracción…”.
Hace tiempo, más de tres cuartos de siglo, que alguien osó hacer un balance y una propuesta de esta naturaleza. Posiblemente estas palabras explican no sólo las características de la producción orteguiana sino las de muchos otros autores de la época. Pienso, en catalán, en la persona y la obra del Pentarca, de Eugenio d’Ors. Y, lo que resulta más preocupante, posiblemente dichas frases continúen dándonos claves para entender el proceder de críticos literarios, historiadores, filósofos, sociólogos y otras gentes de mal vivir.
Por cierto, mientras recordaba la cita de Ortega me he topado con las reflexiones sobre el amateurismo sobrevenido, en tiempos de blogosfera, en el campo de la crítica de libros. Debidas en origen a Germán Gullón, desde El Cultural, y recogidas, como suele ser habitual, en los archivos de Justo Serna. Solapen las palabras de Ortega, las de Gullón y las de Serna. El problema sigue siendo el de la exigencia y el de la profesionalidad en el ejercicio de saberes, conocimientos y ciencias -en palabras de Ortega. Un problema global pero que aquí tiene, también, algo de circunstancia española.
Cf. Francisco Romero, “Ortega y la circunstancia española”, en Ortega y Gasset y el problema de la jefatura espiritual, Buenos Aires, Losada, 1960.

Don Ángel, ya le dije en los archivos de Justo Serna que tenía un libro suyo por leerme… posiblemente caerá este verano. Si le parece, ya le comentaré. Así podré practicar lo que Germán Gullón afirma acerca de la crítica literaria amateur…
Dejando a un lado las bromas, eso que se llama “rigor mental, precisión, abstracción…” están muy lejos de formar parte del vocabulario, no ya de los científicos (formales y empíricos), sino del común de la ciudadanía. Sin esas tres herramientas, nada se puede sacar en claro sobre lo que es importante en la vida y lo superfluo, sobre los problemas, en definitiva, que nos afectan. Seremos (somos) fácilmente manipulados y engañados, pero bueno, qué le vamos a hacer, Roma no se construyó en dos días.
Felicidades por el blog.
Queridos amigos Alejandro y Paco. Mil gracias por vuestros comentarios. El problema -ya se lo he dicho a Paco- es de desconexión a internet por causas de viaje ‘juliano’. La semana que viene os contesto como os mereceis. Como mínimo lo intentaré. Por el camino quizás cuelgue alguna cosa en el blog…. pero así, de improviso y desde los sitios más impensados.
Un abrazo
Exacto, Àngel, rigor o silencio.
Le decía a Àngel en un correo interno que, últimamente y con motivo de una reseña que me han sugerido que escriba, estoy leyendo sobre Maria Zambrano (sobre cierta vertiente de la obra de Zambrano), discípula ilustre de Ortega y autora de una obra titulada, precisamente, “Filosofía y poesía”.
Es muy interesante el tema que trae Àngel aquí a través de Ortega: muchos historiadores también se encuentran a menudo con esa disyuntiva entre escribir de forma que se les entienda – “esa película del color de la carne” que dice Ortega – o ir directamente al núcleo del problema, con el consiguiente riesgo de que te entiendan cuatro o, lo que es peor, no le intereses a nadie.
Justamente el lunes pasado mantuve una interesante charla con un catedrático de Universidad sobre cómo y de que forma pueden colaborar los historiadores en la prensa (al hilo de mis artículos sobre Obama en un periódico valenciano) y los medios escritos de masas, siendo tan grande la distancia que separa a unos lectores de los otros. La conversación derivó hacia el interesante tema de la separación entre la investigación, asociada en nuestro gremio -el de los historiadores- a la erudición y la escritura poco agradecida; y la divulgación, denostada por algunos profesores que, siendo incapaces de llegar a todo el público por su falta de competencia, critican a los que lo intentamos (via prensa o via revistas de divulgación) de ser poco rigurosos y de honrar poco a la disciplina y a su método.
PS: No et preocupes Àngel. Esperarem la teua resposta amb paciència. Gaudeix del viatge i d’haver desconectat (per a això diuen que són els viatges i les vacances) en el sentit literal.
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