Victoria Kent, una de las más destacadas militantes del radical-socialismo y de Izquierda Republicana, el partido de Manuel Azaña, encargada en tiempos de guerra en la creación de refugios para la infancia, responsable de la evacuación de niños hacia zonas más seguras, se refugió en la embajada mexicana en París al ser ocupada la ciudad por la Wehrmacht el 14 de junio de 1940. En la capital francesa escribirá Cuatro años en París, obra autobiográfica narrada en tercera persona cuyo protagonista, Plácido, es su alter ego.
La escritora, encerrada en una habitación, recordaba a los lectores que, a pesar de haber terminado el conflicto abierto, la España totalitaria seguía matando. Más abajo de los Pirineos, el poder se ocupaba en “limpiar” aldea por aldea, pueblo por pueblo, ciudad por ciudad. Y si la España totalitaria mataba era porque formaba parte de un plan para liquidar la República en el país y la democracia en Europa: “se sigue matando a los vencidos allí donde se encuentren; no existen fronteras cuando se cuenta con eficaces colaboradores”.
Los republicanos, decía Kent, resistirán a la amenaza totalitaria en la medida que sus ideales, por definición, les sobreviven; en tanto en cuanto las ideas escapan a la muerte y siembran un porvenir en el que rebrotarán las esperanzas democráticas. Con todo, el desaliento y la desolación, amenazan siempre al derrotado, a aquel que sabe que se ha quedado sin instrumentos de intervención política. En el París ocupado, el Plácido literario permanece encerrado en su habitación y desde allí se plantea la opción de abrir las puertas y sumergirse en la vorágine de la ciudad, o bien refugiarse en la soledad. El problema de la inmersión en la ciudad ocupada, en todas las ciudades liberales y europeas capturadas por la barbarie, es que debería hacerse desde la impotencia: “¡qué puedo yo ofrecerle? Y ella ¿qué puede darme? Mi esfuerzo en nada puede modificar su vida, su pobre vida gris y saturada de pólvora; las palancas que yo movía están rotas, rotas como todo, sin que mi trabajo individual pueda ayudar a su restauración”. La conciencia de los límites radicales de la acción política conduce a algunos republicanos, como mínimo durante cierto tiempo, a privilegiar la reconquista de la libertad espiritual. La reclusión, el exilio, permiten llevar a cabo un programa de recomposición interior y personal del criterio liberal, democrático y reformista. A reforzar unas convicciones y un método de razonar imprescindibles para cuando la nave llegue a puerto y España y el mundo abandonen la azarosa travesía por las turbias aguas del totalitarismo fascista y de la guerra civil europea; criterio de libertad que, dadas las circunstancias, tiene que labrarse en la soledad de la habitación cerrada: “La revolución que se opera en torno nuestro es tan honda, la tempestad es tan fuerte que cuando llegue el tiempo de serenarnos, cuando el navío eche anclas, tendremos que examinar cuidadosamente nuestro mundo interior; pocas cosas conservarán su sitio, unas las encontraremos rotas, otras se habrán perdido, otras habrán sido sustituidas, otras se las habrá llevado el viento que arrastra este temporal. Este temporal se ha llevado la libertad de muchos hombres, y se ha llevado también la mía. Yo, después de haber pasado por un período de estupor y por otro de extrañeza, tengo que aceptar este hecho: en este recinto y habiendo perdido mi libertad, me siento liberado”.
A esa catarsis liberadora ayudaba el preguntarse por las causas que habían llevado al alumbramiento de los modelos totalitarios de organización social, el descubrir cuáles eran las raíces del moderno totalitarismo. El fascismo era, dirán, el corolario lógico de la evolución de las sociedades contemporáneas; evolución marcada por el peso creciente de la “estatalocracia”, por la absorción por parte del Estado de la nación y sus individuos. El Estado, potenciado por los hombres a fin de preservarse de las fatalidades de la naturaleza, engrandecido para que garantizara las conquistas sociales, había convertido al hombre en su enemigo: “el individuo es sospechoso si no está encuadrado, bien seguro en su casillero; el hombre es sospechoso, se le vigila, se le persigue, se le veja, se le maltrata, se le esclaviza; si tiene la categoría de «peligroso» hay que embarcarle hacia el país de las sombras. El Estado vigila al hombre porque es su único enemigo”. El Estado y la emergente sociedad de masas, al diluir la autonomía personal, hieren de muerte a la libertad. Una libertad individual que es posibilidad de acción, pero también dominio de la razón sobre la fuerza vital y, en última instancia, confianza en los otros.
Voy a recomendarles dos lecturas. Por un lado, Victoria KENT, Cuatro años en París 1940-1944, hay una edición facsímil editada por la Universidad de Málaga en 1997, con prólogo de Antonio Díez de los Ríos. También, si me lo permiten, que recuperen al denostado, por anticomunista, D. W. PIKE, Vae Victis! Los republicanos españoles en Francia, 1939-1944, París, Ruedo Ibérico, 1969.
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Cada loco con su tema. Després del robatori que hem sofert avui els pericos, entenc que l’us de la violència estigui justificat en moltes circumstàncies. Prefereixo una República lliure i si voleu, caduca, que no pas aquesta democracia. Sempre m’he sentit proper als postulats de l’acció directa i això és el que cal. Entenc el fet de les represàlies, tot i que em posiciono amb el bàndol republicà. El FC Barcelona representa el feixisme a l’ombra. Una cosa és el que sembla i una altra el que realment és.