Vida y obra: de Heidegger a Dalí

Leyendo ayer el post que, en El café de Ocata, Gregorio Luri dedicaba a Nietzsche y Heidegger, me vino a la cabeza algún otro ejemplo de hasta que punto la confusión entre vida y obra hace que, en no pocas ocasiones, eludamos enfrentarnos a esta última como propiamente se merecería.

Recuerda Núria Folch en el preámbulo a la última, por ahora, edición de la novela Incerta glòria, que en la correspondencia que Joan Sales, su autor, mantuvo con Màrius Torres defendió, en un determinado momento, a Salvador Dalí. No era lo habitual en los primeros años del franquismo, y menos en Cataluña y entre escritores e intelectuales que habían hecho de la resistencia, y de la voluntad de permanencia de una cultura y una lengua amenazadas por la derrota de la República en la guerra civil, una forma de vida. Dalí era no ya el avida dollars de Breton, sino, con permiso de Arcadi Espada, el més gran botifler del segle XX.

Sales defendía a Dalí con las siguientes palabras:

“D’acord, l’art i la poesia han d’expressar l’home; però l’home ho és tot, sense excloure el seus deliris, somnis, terrors, angoixes i incoherències”.

No ha sido éste, el de los delirios, sueños, terrores, angustias e incoherencias un rasgo privativo de los filósofos del siglo XX. ¡Qué va! Me da en la nariz que es una característica que ha atravesado la práctica totalidad de los oficios intelectuales. Y que seguimos en las mismas. Creyéndonos lo que se rumorea y eludiendo la más penosa tarea de la lectura. De una lectura atenta y capaz de incorporar lo sustantivo que haya en lo anecdótico. He dicho incorporar, no sajar.


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