In memoriam
Estaba intentando sustraerme a la pesadumbre de una jornada en la que lo nacional nos ha hurtado, una vez más, lo europeo. No somos los únicos a quienes se nos ha negado el pan y la sal de Europa, pero ello no resulta particularmente consolador.
En ese intentar trascender la ausencia de perspectivas he vuelto de nuevo al tema turco. Quizá porque, estando en Italia, acaso ese era el tema europeo. Era el momento en el que los representantes y candidatos de la Liga Norte se expresaban con mayor rudeza: ¡No los queremos! Claro que tampoco es que tengan mucho aprecio a sicilianos, calabreses,…
Quizá haya mirado otra vez a Turquía, simplemente, porque siempre me ha interesado. Con independencia de lo que diga Obama.
Les dejo con una de las lecturas que me han acompañado esta tarde. Es de 2003 y conserva plena actualidad. Yo, ya les advierto para cuando lleguen al final, soy un gran partidario de que los noviazgos largos acaben en matrimonio. Soy un sentimental.
Ensayo sobre la integración de Turquía y la identidad de Europa
BARBARIDADES
Son las cualidades -defectos incluidos- que se predican de los bárbaros. De los persas si preguntas a los griegos. De los griegos si preguntas a los persas. De los germanos que invaden los libros de Historia. De los turcos que conquistan Bruselas con sonrisas y apretones de manos… De ellos, de los neobárbaros procedentes del Sur, se predica sin demasiada franqueza. Sin determinación. Cuando se trata de juzgar a Turquía, la civilizada Europa balbucea una bar-bar-baridad.
No todo son vacilaciones. Valéry Giscard d´Estaing mostró una colosal seguridad y una cautela liliputiense al afirmar, hace ya meses, que la incorporación de Turquía supondría “el fin de la Unión Europea”. Sus declaraciones al diario Le Monde fueron bien o mal recibidas, pero desde luego no enfriaron el debate. El Presidente de la Convención sobre el Futuro de Europa pontificó sobre una cuestión medular, nada bizantina a pesar de las apariencias. El gigante euro-asiático merece una respuesta. Urge desvelar los motivos geográficos, históricos, políticos, económicos, estratégicos y, cómo no, cultural-religiosos que nos llevarán a abrir o cerrar la puerta al vecino turco. Europa no puede tocar esa puerta sin retratarse a sí misma. Alguien la ha descrito como “el encuentro de unos valores con un espacio geográfico”; el análisis de la cuestión turca nos ayudará a perfilar tanto los valores como la geografía del proyecto europeo.

LUZ VERDE
Si estuviésemos a favor de la integración turca, un suponer, tendríamos que salir al paso del estereotipo según el cual el Imperio Otomano se forjó en oposición a Europa, incluso con la sangre de los europeos. Esa idea, como buen lugar común, es por lo menos incompleta. Los turcos del siglo XVI se unieron a los Valois para combatir contra los Habsburgo, y los del XIX batallaron en Crimea junto a Gran Bretaña, Francia y el Reino de Cerdeña. Uno de los episodios culminantes de la estrecha colaboración entre los turcos y algunos europeos fue la alianza del Imperio Otomano, ya decadente, con los imperios centrales, el alemán y el austro-húngaro, durante la Gran Guerra. En la II Guerra Mundial, la República de Turquía abandonó una inicial neutralidad para enemistarse con Alemania y Japón en febrero de 1945. El país candidato y Europa (o el resto de Europa) nunca fueron exactamente lo contrario uno del otro. Los turcos han sido aliados y enemigos, según los casos, como cualquier otra parte del sistema europeo de equilibrio de poderes.
En suelo turco afloró buena parte de la ciencia, la filosofía, la tradición y las leyendas europeas (¿quién no se acuerda de Tales de Mileto, el Credo Niceno-Constantinopolitano, el nudo gordiano que cortó Alejandro Magno?), y en las comunidades de Anatolia desarrolló San Pablo -natural de Tarso- algunos aspectos de la teología cristiana (el cristianismo, conviene recordarlo, nació en Asia y no en Europa…). Más Historia de la mano de Arnold Toynbee: “el sultanato otomano era verdaderamente el resurgimiento del Imperio Romano en el Oriente Próximo y el Oriente Medio”. Por si fuera poco, Turquía se ganó en 1950 una silla en el Consejo de Europa (repetimos: de Europa), participa regularmente en la Champions y en Eurovisión (que le pregunten a Beth o a Tatu) y es un miembro decisivo de la OTAN desde 1952. Una enumeración tan fragmentaria y sembrada de paréntesis sólo sirve como invitación a pensárselo dos veces antes de afirmar que Turquía no es en absoluto europea. Incluso en el siglo XIX, cuando atravesaba sus peores momentos, el Imperio Otomano era considerado como el “hombre enfermo de Europa”, no de Asia. Los argumentos geográficos, por otro lado, nunca han sido determinantes. Tal y como advirtió un periodista del Wall Street Journal, Giscard no tendría valor para decirles a los habitantes de Malta y Chipre -la primera casi africana, la segunda cercana a las costas turcas, sirias y libanesas- que no, que después de todo jamás llegarán a ser ciudadanos de la Unión Europea.
Hay quienes arguyen que la lengua turca no es indoeuropea. Pero su argumento no se sostiene. Tampoco lo son el finés, húngaro o estonio, lenguas que, según algunos expertos, parecen formar parte de la misma familia lingüística que el turco. En cuanto a las diferencias raciales, que también suelen mencionarse, no está nada claro que los turcos constituyan un grupo racial diferente al europeo, entre otras cosas porque “el europeo”, como tal, no existe. En última instancia, todos somos africanos, ya que allí se congregaron los primeros pobladores de la Tierra.
La formalización de las relaciones entre Turquía y la UE se remonta al Acuerdo de asociación de 1963. Turquía fue, ya en 1987, el primero del actual grupo de países candidatos en solicitar la adhesión. En la Cumbre de Helsinki de diciembre de 1999, los Gobiernos de la UE declararon que “Turquía es un Estado candidato llamado a ingresar en la Unión atendiendo a los mismos criterios que se aplican a los demás Estados candidatos”. Como consecuencia de esa favorable actitud, se estableció una estrategia de preadhesión para este país, así como una asociación destinada a estimular y apoyar sus reformas político-económicas. La discusión, por lo demás tan pertinente, de si Turquía es o no parte de Europa, políticamente está resuelta. Turquía -matices aparte- es políticamente europea. Cruzó con entusiasmo la primera puerta. Pero se encontró con un pasillo interminable.
A favor se presenta la profundidad estratégica que el “eterno candidato” proporcionaría a la Unión, esa misma profundidad que hasta la fecha ha servido a los intereses de Estados Unidos. 360 grados de conflictos actuales o potenciales rodean a Turquía: los Balcanes, Ucrania, Rusia, Irak, Siria, Chipre… por citar unos pocos. De cumplirse el “choque de civilizaciones” divulgado por Huntington, Turquía tendría un protagonismo estratégico comparable al de Alemania durante la Guerra Fría. Los turcos, además, se ocuparían de llamar la atención sobre la vertiente mediterránea de Europa, lo cual compensaría la inminente ampliación de la UE hacia el Norte y el Este. La histórica rivalidad entre Grecia y Turquía, que tiene en las dos mil islas e islotes del Mar Egeo el principal escenario de sus cíclicas crisis, podría resolverse con facilidad si ambos fueran miembros de la UE.
Otro tanto podría decirse del problema chipriota. Como señala Emilio Lamo de Espinosa, “la UE es algo más que un proyecto político de base territorial. Pues como emergente de la Segunda Guerra Mundial (primera guerra universal, y, por lo tanto, primera paz planetaria), es, además de eso, un método de resolución de conflictos basado en la cooperación y la puesta en común de soberanías”. Sólo así se entiende, por ejemplo, la reconciliación de Alemania con Francia o Polonia. Si se ha logrado eso sin Turquía, ¿qué se podría conseguir con ella? ¿De qué sería capaz esa Europa kantiana o post-hobbesiana de la que tanto nos ha hablado Robert Kagan? Por lo pronto, aumentaría la influencia (quizá decisiva) de la UE en el establecimiento de la paz en Oriente Próximo. Pero la influencia de la UE, en Oriente Próximo y en cualquier sitio, es poco creíble, hoy por hoy, sin los medios de la OTAN. Turquía ha bloqueado alguna vez -como instrumento de presión política- el acceso europeo a esos medios, y puede seguir bloqueándolo en el futuro. Éste sería un motivo práctico y nada desdeñable para acelerar su ingreso.
Entre los méritos económicos de nuestro candidato, nos quedamos con su capital humano: redondeando a la baja, hay 67 millones de almas turcas. Este hecho -lo veremos más adelante- se suele utilizar como argumento en contra. Pero no cabe duda de que Turquía podría beneficiar a la UE con un mercado más grande y una mano de obra más joven y abundante (que nos harán falta, dadas nuestras preocupantes tendencias demográficas). Hay quienes temen que la integración turca origine una oleada de inmigrantes hacia Europa. Pero ni los españoles, ni los griegos, ni los alemanes del Este emigraron al integrarse sus Estados. El motivo para la emigración suele ser la esperanza en una vida mejor más allá de las propias fronteras: si mejora la situación dentro de ellas, la necesidad desaparece.
Quienes trabajan por la integración de Turquía son los mismos que desean que los turcos permanezcan en Estambul, Ankara, Esmirna, Adana, Bursa… y no se marchen a Berlín, París o Londres. A pesar de todo, siempre habrá voces que digan que no, que Europa no puede ampliarse indefinidamente. Plantearán, una vez más, la falsa disyuntiva: sí a toda ampliación, no a toda ampliación. Obviamente, a la UE no se puede incorporar cualquier país. Pero Turquía no es un país cualquiera.

LUZ ROJA
Si estuviésemos en contra, otro suponer, diríamos cuanto antes que el 95 % de Turquía se encuentra en lo que tradicionalmente se ha considerado Asia. Recordaríamos que, si los turcos no hubieran sido sometidos a las puertas de Viena, si Lepanto no hubiera supuesto el naufragio de sus ambiciones mediterráneas y si los moriscos, aliados de los turcos, no hubieran sido vencidos en las Alpujarras y expulsados de la Península Ibérica, hoy Europa entera estaría quizá bajo la media luna. Se dice que Turquía es la antítesis histórica de Europa. Y que la hostilidad no carece de ventajas: “una guerra fría societal con el Islam serviría para fortalecer la identidad europea en un momento crucial para el proceso de integración” (Barry Buzan).
Ochenta años después de que Atatürk (o “el padre de los turcos”) diseñase la República y aboliese el sultanato, sus numerosos hijos apenas disfrutan de una “democracia vigilada” o “de segunda división”. El Estado turco ha violado reiteradamente los derechos humanos. El país ha sufrido el aumento incontrolable (o férreamente controlado) de la violencia política, ejercida principalmente contra la “minoría kurda”, una minoría de veinte millones a la que las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial no concedieron un territorio propio. La fácil ilegalización de los partidos políticos, la absoluta inmunidad de los parlamentarios o la sistemática tortura de detenidos en dependencias policiales son algunos de los problemas que se suelen achacar a Turquía y que nos limitamos a enunciar. El politólogo Robert D. Kaplan nos revela en Rumbo a Tartaria que la occidentalización es interpretada a menudo por los turcos como secularización, no como democratización. Pero su libro fue escrito antes de que el Partido de la Justicia y el Desarrollo resultase vencedor en las últimas elecciones. El partido de Recep Tayyip Erdogan parece ser moderadamente islamista y al mismo tiempo democratizador y pro-occidental, aunque todavía sea un poco prematuro para escribir estas características con todas las letras. Por otro lado, cualquier paso en falso podría ser aprovechado por el Ejército, que se presenta como el garante de la secularidad de origen kemalista, así como de la unidad y estabilidad estatales, pero que también actúa como un grupo de poder temeroso de perder sus considerables privilegios. La cúpula militar se ensaña en preservar una laicidad que podría gustar en Europa, pero con ello constriñe la libertad democrática y levanta barreras -paradójicamente- entre el pueblo turco y su anhelada ciudadanía europea.
Como cada argumento tiene su cara y su cruz, la profundidad estratégica a que aludíamos antes puede tornarse en un estratégico quebradero de cabeza. Aceptar a Ankara supondría tener fronteras que defender con Armenia, Georgia, Irán, Irak y Siria. ¿Nos merece la pena? En lugar de avivar el diálogo euro-mediterráneo, podríamos acabar propiciando únicamente el entendimiento (o desentendimiento) con los países del Oriente Próximo. La dilatación de las fronteras, por otra parte, genera siempre efectos en cadena: todo país fronterizo estima que su seguridad aumentará si el vecino también ingresa en la UE. De esa manera, toda ampliación podría conducir a otra, hasta Rusia o incluso hasta Irak, aunque en estos momentos cueste creerlo. Hay que poner las fronteras en algún sitio, y no extenderlas de forma antinatural.
La percepción de Turquía como “el caballo de Troya” de EEUU en Europa, alimentada por el apoyo sin fisuras de Washington a la candidatura de su fiel aliado, ha suscitado y suscita recelos en Bruselas (o más bien en París, donde la sombra de De Gaulle es alargada). Cuesta abrir la puerta a un país que viene avalado, precisamente, por el potencial adversario político de Europa (quien no haya leído todavía a Emmanuel Todd, Después del Imperio, quizá juzgue exagerado hablar de tal “adversidad”). En el terreno económico, resulta forzoso destacar que la renta per cápita, tras la acusada inflación de estos años, es actualmente de 5.200 euros, el 22 % de la media comunitaria (la renta per cápita de España al incorporarse a la CEE en 1986 era del 71 %, y la media de los diez países de la futura ampliación es del 39 %). El factor demográfico perjudica también la candidatura turca. Los aproximadamente 67 millones de turcos supondrían un volumen de población casi equiparable al de los diez países que ingresarán en 2004. La tasa de crecimiento demográfico es muy elevada y las previsiones de Naciones Unidas indican que habrá 86 millones de turcos para 2020. Teniendo en cuenta que Alemania (82 millones) tiende a disminuir, la tierra de Solimán y de Atatürk sería entonces la más poblada de la UE. Llegado el ecuador del siglo XXI, podría tener tantos habitantes como Francia y Alemania juntas. Ese peso demográfico se traduciría en peso político, con lo que algunos países (entre ellos, España) verían menguada su importancia relativa.

CONCLUSIONES EN ÁMBAR
¿Se puede llegar a las conclusiones sin haber abordado la cuestión religiosa?
Se puede. Lo hemos hecho deliberadamente, ya que la decisión con respecto a Turquía debería tomarse al margen de que un 99,8 % de su población, según estadísticas oficiales, sea musulmana. Y también al margen del debate, cada vez más acuciante, en torno a la mención del hecho religioso y de la herencia judeo-cristiana en el Tratado constitucional de la UE. Se están mezclando churras con merinas. Se ha dicho, por ejemplo, que las corrientes más beligerantes del laicismo europeo, en su deseo de evitar la aparición de Dios y del cristianismo en nuestra futura Constitución, han ejercido una presión favorable al ingreso de Turquía. No estamos de acuerdo. Los laicistas a la francesa han perseguido la desaparición de toda trascendencia en el texto constitucional, eso está claro. Pero sería absurdo que hubiesen utilizado a Turquía para ese fin, por la sencilla razón de que se puede -desde nuestro punto de vista- reconocer solemnemente el legado cristiano y recibir a los turcos con un caluroso abrazo.
El Preámbulo de la Constitución de la UE resulta decepcionante, no por lo que está escrito sino por lo que no está. Se hace una vaga referencia a “las herencias culturales, religiosas y humanistas de Europa”. En el primer borrador, se descendía al detalle de “las civilizaciones griega y romana” y “las corrientes filosóficas de la Ilustración”. Ni rastro del cristianismo, que ha inspirado a Europa en mayor medida que cualquier otra religión o corriente filosófica (aunque no agote nuestro riquísimo patrimonio espiritual y moral). Rafael Navarro-Valls, probable lector de Valéry, lo ha expresado con rotundidad poética: “El viejo tronco europeo hunde sus raíces en tres colinas: la de la Acrópolis, la del Capitolio y la del Gólgota”. Tras alimentarse largamente de sus frutos, algunos querrían hacer leña del árbol cristiano. Reconocer la herencia cultural y social del cristianismo no supondría dar una “confesionalidad cristiana” a la UE, mientras que el afán por no reconocerla tiene ribetes de “confesionalidad laica”. Tan indeseable es una como la otra.
Por otro lado, la moderación del actual Gobierno turco nos ha llevado a soñar con un modelo en que Islam y democracia convivan felizmente. Integrar a Turquía, sin duda, podría contribuir a instaurar en ella un orden laico que provocase un efecto mimético en otros países musulmanes. Pero, si esa tendencia se invirtiese, nos arrepentiríamos de haber introducido el ariete del radicalismo islámico en nuestra propia fortaleza. En ese caso, el bueno de Chateaubriand habría tenido razón al afirmar -eran otros tiempos- que “civilizar a los turcos no es extender la civilización en Oriente, es introducir la barbarie en Occidente”. Si la Turquía del siglo XXI diese el salto de la forma a la materia, si su Constitución no fuese “esa hoja de papel” de la que hablaba Lassalle y los principios secularizadores que emanan de su texto se impusiesen sociológicamente, los turcos podrían darnos lecciones sobre lo que es un pueblo civilizado a conciencia.
Si decimos no a Turquía, que no sea por miedo a lo novedoso, a lo diferente. La nueva Europa debe mantenerse a la altura de la creatividad y grandeza de ánimo que caracterizaron a nuestros antepasados. El gran reto del proyecto europeo -y en esto seguimos a Jiménez de Parga- es dominar la pluralidad sin convertirla en uniformidad. La UE, ese club selecto que se reserva el derecho de admisión, tiene una identidad abierta. Se define, en sintonía con el “patriotismo constitucional” de Sternberger y Habermas, por la adhesión voluntaria y actual de sus ciudadanos a ciertos valores e instituciones, y no por un catálogo cerrado de rasgos étnicos o culturales. Si Turquía ingresa en la UE, no lo hará por disimular su diversidad cultural, sino porque los turcos respeten como suyos un conjunto de valores e instituciones políticas que han adquirido su máximo desarrollo en el espacio europeo, pero que no son exclusivamente “europeos”. La ministra Ana Palacio lo sintetizaba así: “La ciudadanía europea se define en Derecho, desde el Derecho como plasmación de valores”.
Cuando los españoles llamábamos a las puertas de Europa, Miterrand pudo afirmar que la CEE estaba “mutilada sin España”. Quienes tenemos un corazón turcófilo, hemos de admitir con la cabeza que la UE, sin Turquía, no está mutilada. Turquía no es un miembro natural del cuerpo europeo, sino más bien un tratamiento para prevenir su esclerosis. Dado el incumplimiento de los “criterios de Copenhague” (salud democrática. economía de mercado operativa, capacidad de asumir las obligaciones que se derivan de la adhesión), de momento se prefiere la enfermedad al remedio. Pero, ¿qué piensa hacer la UE cuando el candidato por antonomasia cumpla esis criterios? Esperemos que responda a esa pregunta cuanto antes, de una vez por todas. Esperemos que deje de coquetear con Ankara, de utilizar un doble lenguaje, de emplear esa estrategia del “vuelva usted mañana” que, en proporciones nacionales, bastaba para desazonar a Larra.
Rechazar a Turquía tras décadas de mutuo acercamiento supondría un notable fracaso para ambas partes, al igual que lo es desligarse tras un largo noviazgo. Pero siempre cabe un fracaso mayor: casarse únicamente porque el noviazgo ha sido largo. El “sí, quiero” de la UE debería responder a sus propios intereses. La negativa debería ser convincente, y jamás debería basarse en criterios de geografía parvularia. Como casi todo el mundo sabe, el espacio político de Europa determina sus fronteras. Y no al revés.
Jon Gutiérrez Dorronsoro
Artículo publicado en la revista “Nuestro Tiempo”, noviembre 2003, pp. 30-38
Fotos: el recovero


Muy bueno el artículo!
sobre todo -pero no en último término- porque analiza los argumentos a favor y en contra
muy bien escrito, eso sí, separaría los puntos aparte, para facilitar la lectura en tu blog… si fuera posible, es petición
"“patriotismo constitucional” de Habermas"… el Verfassungspatriotismus es de Sternberger, Dolf
y no de Habermas (puede ser que él alguna vez lo haya mencionado, como podemos mencionarlo tú o yo, pero el término es del politólogo alemán y no del filósofo
Muchos saludos y muchas gracias!
Marta,
tus indicaciones no han sido baldías.
El autor, y un servidor, hemos intentando tenerlas en cuenta.
Muchas gracias a tí. Un abrazo sevillano.
gracias a ti y a Jon!
pasaba por aquí, para saludarte, leer tu reciente artículo y decirte que le pondré un link!
muchos saludos desde Bonn (que hoy estuvo -oh verdadero milagro- con sol y sin lluvia)!
y gracias por lo de los puntos aparte, ahora se puede leer mejor que ayer, un abrazo!
el libro es este:
http://www.amazon.de/Schriften-Bd-10-Verfassungspatriotismus-BD-10/dp/345816085X/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1244489759&sr=1-1
es increíble lo poco que dice Wiki en inglés sobre Sternberger…
en todo caso, Wiki en alemán, también menciona a Habermas (y a Richard von Weizsäcker) como quienes lo popularizaron, sobre todo durante el llamado Histeorikerstreit.
Entre paréntesis, Ernst Nolte sacó otro libro que ha sido muy criticado -con razón- entre los historiadores.
Ahora sí que me retiro, un saludo grande!
Gracias por el vínculo. He estado horas desconectado pero veo que habeis estado trabajando.
Un abrazo fuerte!!!!!
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