La subida al castillo y don Manuel Fraga

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En la España de los años sesenta, cuestas como ésta, la que lleva al castillo de Medellín, forjaron una leyenda: la del ímpetu demoledor de Manuel Fraga.

Ni oposiciones triunfantes, ni playas como las de Palomares, ni bombines londinenses… Todo eso quedaba para impresionar al medio urbano. En la España interior lo que levantaba gran expectación era la visita del ministro de Turismo cuando éste tenía, en la agenda, la visita a un altozano, la subida a la fortaleza de la localidad.

El señor alcalde y el cura párroco, el gobernador civil y el veterinario de la comarca sabían, de antemano, que el día sería complicado. Tenían que esperarle en la plaza de pueblo para después acompañarle. Era imposible seguirle el ritmo. Las autoridades, en medio del entusiasmo popular, sudaban y se ahogaban, resoplaban y se dolían. Inevitablemente siempre llegaba el primero. Entre el alborozo de las gentes se giraba altivo y saludaba.

En cierta medida, era como un encierro, pero al revés. El toro por delante, la peña intentando darle alcance y el personal jaleando al primero.

Más tarde, ya a mediados de los setenta, vino Montejurra. También cuesta arriba. Quizá porque él no estaba presente la cosa se desmandó y ahí, con muertos de por medio, acabó la leyenda del toro que siempre llegaba primero. El animal, herido en su orgullo, se refugiaría, más tarde y convenientemente indultado, en su dehesa natal. En Galicia.

Foto: adm/eltingladodesantaeufemia


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