A principio de 1919 José María Salaverría, un maurrasiano prefigurador del nacionalismo español de los años a venir sostenía desde las páginas de ABC que

Cataluña es sólo una ‘expresión regional’. No vale poner en limpio los viejos pergaminos, ni hablar de la nación soberana que fue, ni del idioma, ni de las empresas medievales; Cataluña es una expresión regional, como es regional su idioma, como sería siempre regional su cultura. Lo característico de Cataluña es su propensión a lo regional.

Incluso la lectura que hace Salaverría de la historia va en esa dirección:

Era región aragonesa cuando más se alardeaba. Y el nombre de catalán tuvo y tiene la significación subordinada de lo que va adscrito a otro poder y otro rango superiores.

A la historia, convengámoslo, se le puede hacer decir casi cualquier cosa. También los paralelismos exteriores escogidos por Salaverría son sugerentes -¿tendenciosos? ¡Evidentemente! Como cualesquiera otros.

En unos momentos en los que algunos nacionalistas catalanes aspiraban a situar el contencioso catalán en la agenda europea, Salaverría era contundente:

Decir catalán es como decir maltés, mahonés, marsellés, gascón. No hay duda que todos esos pueblos poseen una personalidad; pero es una personalidad subordinada.

Si bien el párrafo anterior siempre me ha llamado la atención, al fin y al cabo uno tiene los héroes juveniles que tiene, lo cierto es que se ve desbordado, en lo relativo a impactos, por la conclusión salaverriana -y cualquier día de éstos zapateril: cuando se sale del papel de lo subordinado, Cataluña se equivoca, y, para España, se convierte en un embarazo que hay que atajar redimensionando la problemática, devolviéndola -Salaverría dixit- a sus límites ciertos.[1]


[1] José Mª Salaverría, El tono catalanista, ABC, 26-II-1919, 3.

 



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